EXPERIENCIA DE DOS JÓVENES VOLUNTARIOS DE AGUA PURA EN MADAGASCAR

Por Matteo Voltolini. 16 Marzo 2024.

La Asociación Agua Pura ha preparado y coordinado la expedición de dos de sus voluntarios al Sur de Madagascar. Fuimos dos estudiantes de ingeniería de la Universitat Politècnica de València (UPV), uno de la ETSI Aeroespacial y Diseño Industrial (ETSIADI) y otro de la ETSI Industrial (ETSII). A través de dos becas de cooperación al desarrollo de la Universidad Politécnica de Valencia, nos encargamos de emprender sendos proyectos para la mejora del acceso hídrico, José de Pablo Vilar y yo mismo,Matteo Voltolini.

 

 

La experiencia vivida fue impactante en un contexto realmente miserable, donde la explotación sexual de mujeres y niñas es frecuente por tarifas menores al euro que les granjean simplemente una comida para salir del paso.
Sin embargo, esa carestía tan punzante no ahoga el carácter de los malgaches.

En cambio,conservan su carácter vivaz y dicharachero, inundando las calles de música y fascinando a cada paso con su sublime encanto.

 

 

Contexto

Respecto de los proyectos, ambos nos beneficiamos de la pericia de los miembros de Agua Pura,
que nos ofrecieron una asistencia técnica determinante en el buen curso de nuestro trabajo.
Uno de los dos proyectos, que requirió la atención de los dos compañeros, consistió en la instalación de un aerogenerador en la escuela rural de Poblado Zafiros. Dicha localidad se halla en la región meridional de Madagascar, una tierra yerma poblada por inmigrantes del sur. En su mayoría analfabetos, acuden atraídos por los yacimientos mineros de la zona. Allí, arriesgan sus vidas en galerías de veinte metros de profundidad a cambio de medio euro diario. Su ignorancia y el estancamiento de su país disfrazan de épica esta fatua labor. Imágenes de piedras relucientes saturan las cabezas de unos hombres que no traen a casa más que un plato de comida. Sus cabezas rebosantes de zafiros, pero sus manos tan vacías como las tripas de sus hijos. Una infancia condenada a seguir los pasos de sus padres.

En semejante tesitura, la ONG Agua de Coco (mediante su filial malgache Bel Avenir) inauguró en 2008 una escuela en el pueblo de Antsohamadiro. Dicho colegio educa y alimenta a 750 niños provenientes de múltiples pueblos de los alrededores. Además, alberga un hogar social para 50 niñas particularmente vulnerables.

La formación de la generación actual no sólo permite algo fundamental como es su alfabetización. También azuza su pensamiento crítico para fomentar una alternativa a largo plazo para la dramática coyuntura actual. Además, les confiere distintas habilidades que podrán aprovechar en empleos distintos al de la ardua minería.

Preparación

Para potenciar el desarrollo local, Agua Pura, gracias a Riegos Pous, contribuyó con la financiación íntegra de un aerogenerador, además de cubrir la dimensión técnica del proyecto.
La experiencia del equipo técnico de Agua Pura, con la ayuda inestimable de Eduardo Sandoval dotó de un rigor al proyecto que fue esencial para su éxito. Así, meses antes del viaje, los recabamos toda la información necesaria de su contraparte en el terreno y le encomendamos la compra de los materiales disponibles en Madagascar. Conocidas las circunstancias del lugar, se adquirió el aerogenerador y se ensayó repetidamente su ensamblaje para evitar imprevistos en terreno. Además, Riegos Pous dedicaron su talento y su esfuerzo en la manufactura de dos piezas únicas, diseñadas exprofeso para el aerogenerador, que serían clave en su izado y montaje. Acentuando el sentido aventurero, empaquetamos todo el material en nuestras maletas, que nos acompañaron por más de 10.000km.

La vivencia

 A menudo se dice (con gran bondad) “Qué felices son con tan poco que tienen”. Una frase audaz,
prometedora incluso, pues si en África se es más feliz, tal vez todos debiéramos vivir de aquella manera. Sin embargo, la osadía de esta sentencia es tal que raya lo inverosímil. Si entendemos “felicidad” como una plenitud profunda del espíritu, como la condición estable en que viven las almas satisfechas, sorprende bastante que pueda depender de factores externos como la pobreza. Y, en efecto, no lo hace.

El ser humano es invariante independientemente de consideraciones geográficas, financieras e incluso culturales. Pienso que éste es el grandísimo aprendizaje de nuestro viaje. Que todas las personas comparten idéntica naturaleza, que todos estamos hechos de la misma pasta donde quiera que uno vaya. A los desharrapados de la Tierra
puede habérseles privado de todo, incluso de su dignidad, pero su humanidad es lo único que prevalece, incólume. Son tan humanos como nosotros, y por tanto igual de permeables al despecho, a la traición, a la envidia o al cotilleo incluso. Tienen tantas debilidades o defectos como cualquiera de nosotros, pero también las mismas capacidades de realización personal. Y aquí yace la grandeza de la persona. Las emociones humanas, como la alegría, nacen justamente
de los encuentros interpersonales. Y por mucho que el escenario en que se desenvuelvan sea polvoriento y miserable, la sinceridad de dichos encuentros es lo que eleva el alma al séptimo cielo. Donde están los corazones está el hogar. Ni ellos son más felices por vivir en chozas, ni nosotros seríamos incapaces de vivir dichosamente en esas mismas condiciones. Las actitudes sí pueden variar, pues son los canales con que se expresa el bagaje personal de cada uno y sí dependen de la educación y el entorno. De hecho, la falta de distracciones y frivolidades confiere a los malgaches un carácter más auténtico, más próximo. Pero ningún humano es más simple que otro, ni le pasa inadvertida una pobreza que retuerce los estómagos de sus hijos. Y por ello es no sólo necesario, sino también precioso, vivir las relaciones con ellos en clave de igualdad, no de caridad. Relacionarnos con ellos con el mismo desdén, recelo o acidez con el que
trataríamos a nuestro vecino. O, preferiblemente, con la misma confianza, sinceridad y amistad.
Pero qué vía escoger entre estas las dos depende de la paz que habite en el corazón de cada uno de nosotros, y es una regla que se cumple tanto aquí como allí.

Durante 3 meses conviví con los habitantes del Poblado de Antsohamadiro. Una aldea (muy) perdida de la mano de Dios, al igual que sus mil habitantes, mil analfabetos, cada uno con su riqueza humana descubierta siempre mediante el roce, nunca a primera vista. Es el Viejo Oeste del Siglo XXI. Uno de mis paisanos era el conserje de la escuela de Bel Avenir: Mara. Mara es un hombre menudo, tan “escuchimirriado” él como su tímido bigotillo y sus ojos traviesos. Mara
no conocía una palabra de francés. Sin embargo, la amplitud de sus gestos, la teatralidad de su entonación aguda o sus brincos de alegría transmitían más que la frialdad de cualquier conversación corriente. Juntos trabajamos durante toda mi estancia. Sin ser capaces de mediar palabra, compartimos largas horas cavando juntos, removiendo cemento o serrando madera.
Qué entrañable descubrir algo de comprensión en una mirada cómplice, sustituto forzado de las palabras. En ocasiones pasaba por delante de su choza saludándole por mera cortesía, sabiéndome impotente de poder entablar diálogo alguno con él. Sin embargo, Mara, armado de fe, siempre me agarraba y me sometía a sus grandilocuentes discursos en malgache. Yo, allí como un pasmarote escuchando la ingente palabrería de mi amigo, adornada cuidadosamente
con chillidos, pausas, onomatopeyas, imitaciones y aspavientos de toda clase. Yo viendo pasar toda la sabiduría ancestral que emanaba de aquel hombre -o así lo imaginaba yo, porque no es que me enterara de gran cosa. Aun así, el “Método Mara” funcionó. Al cabo de 3 meses éramos capaces de conversar. Así aprendimos a compartir algo de lo que llevábamos dentro además de lo que nuestros gestos y nuestro trabajo pudieran expresar. Fue sin duda la persona con quien más horas pasé durante aquellos tres meses. El día que me marché, decidí dejarle una camiseta que no necesitaba. Simplemente era una camiseta promocional igual que otras muchas que tenía. Ajetreado como fue aquel día final, pasé escopeteado por su choza para entregarle dicho recuerdo. Su efusivo agradecimiento precedió mi acelerada huida a cualquier otra tarea. Pero antes de poner el pie fuera de su casa, Mara me detuvo. Permanecí observándole mientras rebuscaba con ahínco en su baúl de los tesoros: una mochilita que contenía cualquier objeto que pudiera importarle en este Mundo. La concentración de su rostro mutó de golpe en satisfacción, mientras su búsqueda cesaba y él sujetaba, cual trofeo, una de sus camisetas,
aquella con que tantos días le había visto yo. Y me la regaló él a mí. Porque eso es la amistad. Y así Mara me recordó los dos somos hombresigual de completos. Éste es mi padrino del desierto, mi amigo Mara.

El trabajo y sus resultados

Ya en terreno, nos pusimos en marcha sin apenas haber asimilado la formidable realidad en que nos hallábamos. Habríamos de saborearla directamente de la mano de los locales. Recién llegados, los dos colaboramos estrechamente con los empleados malgaches para definir la ubicación del aerogenerador y cementar su base. Nos imbuimos en aquel microcosmos particular compartiendo labores con gente que a menudo no hablaba nuestro idioma. Aun así,
malgaches y españoles aunamos nuestros esfuerzos en la sintonía de un propósito mayor.

Juntos cavamos toda la zanja en que se debería enterrar el cableado eléctrico, de unos 65 metros de longitud. Los dos voluntarios conectaron y programaron el cuadro eléctrico necesario para controlar y proteger el sistema entero. A continuación, se ensambló la maquinaria del aerogenerador y se preparó el mástil sobre el que descansaría el aparato. Finalmente, llegó el gran día y todos aquellos que habían contribuido a tal hazaña izamos juntos el aerogenerador,
que ya domina con gallardía la vista del colegio.
A todo ello le siguieron pruebas, medidas de caudal y controles varios que demostraron decepcionante el resultado alcanzado con tanto trabajo. Incrédulos, nos volcamos a la reflexión en la paz del desierto malgache. Efectivamente, de la necesidad viene el ingenio. Las calamidades de nuestros entonces paisanos nos inspiraron para hallar una solución. Faltaba un aparato para que todo aquello pudiera funcionar. Se solicitó tal dispositivo, pero su lejana
procedencia retrasó su llegada hasta impedirnos montarlo. Los viajeros debían regresar a casa.
No obstante, el vínculo con los trabajadores locales prevaleció, de forma que éstos fueron capaces de instalarlo por sí mismos con la atenta supervisión del equipo técnico de Agua Pura.
El sistema se puso en marcha a los pocos días y ya ha suministrado el agua que tanto aprecian quienes sufren su carencia. Gracias al aerogenerador, el colegio logra repartir botellas a todos sus niños y las jóvenes del hogar social pueden asearse y beber a la mañana siguiente. Un cambio nada baladí para el pueblo entero, que se beneficia del agua aportada por sus hijos desde la escuela y que ve esperanzada la educación que éstos reciben.

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